De ruta por la prehistoria de la península ibérica: arte, paisaje y gastronomía en varios fines de semana

España alberga algunos de los conjuntos de arte rupestre más importantes del mundo. Desde las famosas pinturas paleolíticas del norte peninsular hasta los abrigos levantinos con escenas de caza y vida cotidiana, el país conserva numerosas representaciones realizadas por grupos humanos que habitaron la península hace miles de años. Este patrimonio constituye una de las principales fuentes de información sobre cómo vivían, se organizaban y representaban su entorno las sociedades prehistóricas.

Aunque lugares como Altamira son ampliamente conocidos, gran parte del arte rupestre español sigue siendo relativamente desconocido para el público general. Muchas de estas cuevas, abrigos y conjuntos arqueológicos se encuentran en entornos rurales alejados de los grandes circuitos turísticos, lo que convierte su visita en una oportunidad para descubrir territorios con una fuerte identidad cultural y paisajística.

Además, estos destinos suelen compartir otra característica: una gastronomía estrechamente vinculada al entorno. Las sierras, valles y zonas montañosas donde se conserva buena parte del arte rupestre español han mantenido tradiciones culinarias basadas en productos locales, recetas transmitidas entre generaciones y formas de producción ligadas al territorio. Para muchos viajeros, la experiencia no termina en el yacimiento arqueológico, sino que continúa en los restaurantes, mercados y productores de la zona.

Esta guía propone recorrer algunos de los principales enclaves de arte rupestre de España organizados por áreas geográficas. El objetivo es combinar patrimonio, paisaje y gastronomía para descubrir territorios donde la historia humana puede rastrearse tanto en las paredes de una cueva como en las tradiciones que han llegado hasta nuestros días.

Primer fin de semana: Cantabria y Asturias, el origen de todo (y del cocido montañés)

 

La cornisa cantábrica concentra los conjuntos de arte paleolítico más importantes de Europa occidental, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Altamira es el nombre que todo el mundo conoce, aunque la cueva original lleva décadas cerrada y la visita se realiza a una réplica fiel. Para quien quiera ver arte paleolítico real en una cueva auténtica, la cueva de El Castillo en Puente Viesgo es la mejor opción de la zona, con pinturas de entre cuarenta y cuarenta y cinco mil años de antigüedad. En Asturias, las cuevas de Tito Bustillo en Ribadesella y La Peña en San Román de Candamo completan un recorrido de primer nivel.

Lo que ocurre fuera de las cuevas también merece atención. Cantabria es el territorio del cocido montañés, un plato de alubias blancas con berza, morcilla y costilla que se come desde hace siglos con la misma lógica que lo hacían los pastores que habitaban estas montañas: calorías suficientes para aguantar el frío y el trabajo. Asturias pone sobre la mesa la fabada, la sidra natural y una tradición quesera que incluye el Cabrales, el Gamonéu y el Afuega’l Pitu, quesos de montaña con personalidad suficiente como para justificar un viaje por sí solos. Comer en un sidrería asturiana después de visitar una cueva paleolítica es uno de esos planes que no decepcionan.

Segundo fin de semana: el País Vasco y La Rioja, pinturas y vino

 

El País Vasco tiene su propio patrimonio de arte paleolítico que a menudo queda eclipsado por la fama de Altamira pero que merece una visita detenida. La cueva de Santimamiñe, en Kortezubi, Vizcaya, conserva un conjunto de pinturas y grabados de bisontes, caballos y osos representativos del arte cantábrico. La visita se realiza a una reproducción, pero el entorno del bosque de Oma y la calidad de la instalación hacen que merezca la pena.

Si hay una combinación de patrimonio y gastronomía que funciona especialmente bien en este país, es la de arte y pintxos. El País Vasco tiene la mayor concentración de estrellas Michelin por habitante del mundo, pero su grandeza gastronómica real está en los bares del casco viejo de San Sebastián o Bilbao, donde una barra bien surtida a media mañana es una institución cultural tanto como cualquier museo.

La Rioja añade a este fin de semana una dimensión que ninguna otra región española puede ofrecer en los mismos términos: el vino. Visitar los abrigos rupestres de Peña Miel o los grabados de Préjano y luego recorrer las bodegas de la Rioja Alta o la Rioja Alavesa es combinar dos de las expresiones más antiguas de la cultura humana en el mismo territorio: el arte y la fermentación. Las denominaciones de origen riojanas tienen algunas de las bodegas más interesantes para visitar de toda España, muchas de ellas con arquitectura de firma y catas guiadas que convierten la visita en una experiencia completa.

Tercer fin de semana: el Levante, arqueros, caza y arroz

 

Si el arte rupestre del norte nos muestra animales solos pintados con detalle anatómico extraordinario, el Levante nos muestra personas: cazadores en plena carrera, arqueros tensando el arco, figuras femeninas en escenas rituales. La Valltorta, en Castellón, es el gran conjunto del arte levantino, con visitas guiadas desde el Museu de la Valltorta en Tírig a abrigos como el Cingle de la Mola Remigia o el Abric dels Cavalls.

Lo que comían quienes pintaron esos arqueros era, en buena medida, lo mismo que sigue dando nombre a esta cocina: caza, frutos secos, legumbres silvestres, pescado de río y de mar. La cocina valenciana y castellonense es una de las más ricas y menos conocidas en su dimensión interior, lejos del arroz y la paella de postal. Los arroces de montaña con conejo y caracoles, los guisos de caza con hierbas silvestres, las longanizas y embutidos de las comarcas del interior son una parte de esta gastronomía que merece tanto protagonismo como la que tiene lugar en la costa. Un fin de semana en la Valltorta es también un fin de semana en los mercados de Morella, en las carnicerías de Vilafranca o en los restaurantes de Les Coves de Vinromà donde el arroz se sigue haciendo como hace generaciones.

Cuarto fin de semana: Nerpio y el sureste, el patrimonio más desconocido y la cocina más honesta

 

Hay una zona de España donde el arte rupestre alcanza una concentración que sorprende incluso a los especialistas, y que sin embargo es prácticamente desconocida para el gran público. Tal y como explican los expertos de Cortijo El Sapillo, el municipio de Nerpio, en la sierra sur de Albacete, agrupa más de sesenta abrigos catalogados con pinturas rupestres que representan aproximadamente el setenta por ciento de todas las pinturas rupestres de Castilla-La Mancha, con conjuntos tan relevantes como el Torcal de las Bojadillas, La Solana de las Covachas o el Abrigo de la Fuente del Sapo, todos ellos declarados Patrimonio de la Humanidad.

La cocina de esta zona es la cocina de la necesidad convertida en virtud, la que lleva siglos resolviendo el problema de alimentar a familias enteras con lo que da una sierra de interior: gazpacho manchego con carne de caza, migas con tropezones, morteruelo, ajo mataero, gachas. Son platos que no aparecen en las guías gastronómicas pero que tienen una coherencia y una honestidad que los platos de diseño raramente alcanzan. Comer en Nerpio es comer en el mismo lugar donde la gente ha comido siempre, con los mismos ingredientes y la misma lógica de aprovechamiento que los pobladores prehistóricos de estos abrigos conocían bien.

Quinto fin de semana: Extremadura, grabados y productos de la dehesa

 

El valle del Tajo en Extremadura conserva grabados rupestres en el entorno del Parque Natural de Monfragüe y petroglifos de la cuenca extremeña que tienen una presencia física muy particular: la roca grabada forma parte del paisaje de una forma diferente a como lo hacen las pinturas en abrigo. Los yacimientos de La Serrana en Romangordo y los grabados de Brozas y Cáceres completan un recorrido de interés para quien quiera ver arte prehistórico fuera de los circuitos habituales.

Extremadura es también el territorio de la dehesa, uno de los ecosistemas más singulares de Europa y la base de una gastronomía que tiene en el cerdo ibérico su protagonista indiscutible. El jamón ibérico de bellota, los embutidos de Montánchez, los quesos de La Serena y el Torta del Casar, el cordero merino, las tencas y los cangrejos de los ríos extremeños forman una despensa que justifica el viaje con independencia de las pinturas rupestres. Un fin de semana en Extremadura bien planificado puede combinar la visita a los grabados de Monfragüe con una mañana en el mercado de Cáceres, una tarde de turismo ornitológico y una cena en uno de los restaurantes del casco histórico que trabajan con producto local de la dehesa.

Sexto fin de semana: Galicia, petroglifos y producto de mar y monte

 

El arte rupestre gallego es radicalmente diferente a todo lo anterior. Los petroglifos gallegos, grabados en roca al aire libre, representan ciervos, serpientes, laberintos y los famosos círculos concéntricos y espirales que son el signo más característico de esta tradición. El Campo Lameiro, en Pontevedra, es el gran parque arqueológico del arte rupestre gallego, con un museo y una red de pasarelas que permiten caminar entre los afloramientos de roca grabada. Los petroglifos de Tourón, Cotobade y la sierra del Barbanza completan una oferta que puede ocupar fácilmente un fin de semana completo.

Galicia tiene, además, una de las tradiciones gastronómicas más sólidas y reconocibles de España, construida sobre una materia prima de calidad excepcional: el marisco de las rías, el pescado del Atlántico, la ternera gallega, los lacones y chorizos curados, el pan de masa madre que se hornea en piedra desde hace siglos. Comer en una marisquería de Pontevedra o en una pulpería de O Carballiño después de pasar la mañana entre petroglifos es uno de esos planes que conectan el pasado y el presente de una manera que tiene todo el sentido: los mismos ríos, los mismos montes, la misma gente que lleva miles de años viviendo y comiendo en este mismo rincón del mundo.

Por qué merece la pena hacer esta ruta

 

El arte prehistórico de la Península Ibérica es uno de los patrimonios más extraordinarios que conserva la humanidad. Ponerse delante de una pintura de hace quince mil años, en el mismo lugar donde se pintó, es una experiencia que no tiene equivalente en ningún museo. Pero la ruta gana en profundidad cuando se combina con lo que cada territorio pone en la mesa. La gastronomía y el arte prehistórico comparten una misma lógica: son expresiones de cómo una comunidad se relaciona con su entorno, qué aprovecha, qué celebra, cómo transforma los recursos de su paisaje en algo que va más allá de la pura supervivencia.

Recorrer esta ruta con tiempo, sin prisas, parándose a comer bien en cada etapa, es una forma de entender España que no se aprende en ningún libro.

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